El lunes pasado la junta directiva del Banco de la República tomó la decisión de mantener inalterada la tasa de interés de política monetaria en 9,5 por ciento. En una votación dividida de cuatro contra tres, los codirectores prefirieron continuar con su abordaje “cauteloso”, por encima de una reducción de 50 puntos básicos para inyectar dinamismo a la economía.
Si bien la determinación del Emisor siguió las recomendaciones de los analistas y centros de estudios económicos, sí sorprendió a quienes esperaban que los nuevos asistentes a la sesión inclinaran la balanza hacia la postura del Gobierno Nacional, que, dicho sea de paso, ha sido compartida por otros sectores. Las expectativas giraban en torno a que los dos nuevos codirectores nombrados por el presidente Gustavo Petro –César Giraldo y Laura Moisá– y el entrante ministro de Hacienda, Germán Ávila, asegurarían una ‘mayoría’ petrista en el seno de la junta del banco central.
Para algunos, esa expectativa partía de un supuesto equivocado del cuerpo colegiado del Emisor como un ente bajo reglas políticas y no técnicas. Al final, en el debate de argumentos primaron aquellos relacionados con la prudencia frente a las presiones inflacionarias asociadas con los “retos fiscales y con la incertidumbre en el frente externo”. Las estadísticas oficiales muestran que el ritmo de descenso de la inflación ha venido frenándose y que esta sigue alta en términos regionales, lo que motivó dejar las tasas de interés quietas.
La respuesta a la decisión del Emisor no puede tener el tono agresivo desatado por las declaraciones del presidente Petro.
No obstante, no se puede olvidar la otra cara de la dinámica de la economía colombiana en este arranque del 2025. Las perspectivas de crecimiento económico para este año están mejorando con respecto al año pasado y se han registrado comportamientos positivos para la demanda, el consumo y la inversión. Es innegable la zozobra desatada por las políticas comerciales de Estados Unidos –hoy Donald Trump define el alcance de sus aranceles–, pero se requiere un mayor espacio para reducir las tasas que active el consumo y dinamice las decisiones de inversión de las empresas. En ese sentido, el Emisor bien podría haber considerado una posición más audaz y flexible.
Dicho lo anterior, la respuesta a esa decisión del Banco no puede tener el tono agresivo y desafortunado de las declaraciones del presidente Petro. Estas discusiones sobre el ritmo de la política monetaria en entornos impredecibles deben responder a argumentos técnicos y al respeto a la independencia del banco central. De hecho, es posible que en adelante esta misma junta cuente con una mayoría a favor de continuar las reducciones.
Esta no es la primera –ni será la última– administración que se encuentra en desacuerdo con las definiciones del Emisor. La fortaleza institucional de un banco central independiente está precisamente en la toma de decisiones que, aunque luchen contra la inflación, en muchas ocasiones, están en contravía de las urgencias de la Casa de Nariño. Pero se equivoca el primer mandatario cuando, en vez de dar los debates técnicos, opta por atacar, de forma personal, a dos codirectoras y a su exministro de Hacienda José Antonio Ocampo.
Endilgarle al Emisor un papel de oposición y señalarlo de actuar con intereses políticos es tan erróneo como irrespetuoso de la autonomía y de la calidad técnica de sus codirectores, sin que importe por quién fueron nombrados.