La semana pasada, justo en momentos en que el papa Francisco se encontraba gravemente enfermo, fui a ver Cónclave, película que tenía entre ceja y ceja, y que en esas circunstancias adquiría un significado muy especial; pues la posibilidad de que se tuvieran que dar cita los cardenales en Roma para elegir a un nuevo pontífice era inquietantemente real. Y la expectativa era más que explicable, si además le agregamos la inocultable necesidad de un cambio en la Iglesia católica, después de los duros cuestionamientos a los que ha sido sometida en años recientes, y que han sacudido sus cimientos.
De hecho, la película se adentra en el corazón del Vaticano, recreando con acierto el ambiente ceremonial, austero y lleno de simbolismo, donde los príncipes de la Iglesia deliberan lejos del mundanal ruido. Sin embargo, a medida que avanzan las escenas, somos testigos de cómo la ambición del hombre se manifiesta entre los cardenales, quienes, aunque revestidos de autoridad espiritual, son tan humanos como el resto de los mortales.
Las actuaciones son, en su gran mayoría, estelares; empezando por Ralph Fiennes, a quien es imposible no ver casi como el futuro papa, pues le imprime a su personaje, el dubitativo cardenal Lawrence, una dignidad y una solemnidad que impregnan cada escena en la que aparece. No en vano estuvo nominado al Óscar como mejor actor.
Como camarlengo, Lawrence, además de organizar y presidir el cónclave, tiene la difícil tarea de administrar egos, aplacar envidias y conjurar intrigas; misión que cumple con lujo de detalles.
Si bien es válido que la película Cónclave plantee una necesaria "modernización" de la Iglesia Católica la salida que encontró el director resulta fallida.
Isabella Rossellini brilla en su papel como la hermana Agnes, una monja austera y sobria, que contribuye a acentuar las tensiones que surgen entre los prelados. Stanley Tucci y John Lithgow ofrecen actuaciones magistrales, aportando intriga a la narrativa. Sergio Castellito, caracterizando al conservador cardenal Tedesco, ofrece una representación formidable de la lucha entre la tradición y el cambio. Por su parte, el popular cardenal africano Joshua Adeyemi, interpretado por Lucian Msamati, se ve de repente en medio su propio vía crucis, cuando uno de sus colegas –en una maniobra más propia de un estratega político que de un príncipe de la Iglesia– desempolva sus pecados del pasado en el momento menos oportuno.
Sin embargo, aunque parece que la película cuenta con todos los elementos para convertirse en una historia memorable, a medida que la trama avanza, el dramatismo se transforma en algo truculento, que desemboca en un final inesperado, por no decir absurdo. Edward Berger, el director, peca deliberadamente al dejarse llevar por un exceso de originalidad, echando mano de un recurso retorcido que termina por desdibujar toda la cinta, en un giro que, en lugar de enriquecer el relato, se siente forzado y nada convincente.
Si bien es válido que la película plantee una necesaria "modernización" de la Iglesia católica –sugiriendo una mayor inclusión, diversidad y conexión con los fieles–, la salida que encontró el director resulta fallida en comparación con el potencial de la historia. Un enfoque más efectivo podría haber sido mantener un final abierto o ambiguo, invitando a la reflexión en lugar de encerrar la trama en una conclusión mediocre.
Es una lástima, ya que con semejante elenco, Cónclave pudo haberse convertido en un referente del cine religioso contemporáneo, al exponer los dilemas de la alta jerarquía católica, su búsqueda de la fe y la fragilidad de la Iglesia.
Al final, me alegra que el papa Francisco haya logrado recuperarse y que no toque realizar un cónclave en este momento. Además, espero que el director Berger saque tiempo para revisar con cabeza fría el desenlace de su película y que vuelva al redil en un próximo proyecto. Que Dios lo perdone.
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