Diría que en primer lugar el feminismo en singular, ese movimiento social ya reconocido por los sociólogos/as del mundo entero como el más importante de la modernidad, ya había logrado desde la segunda mitad del siglo XX renovar o aportar nuevos conceptos que se afianzaron en la vida cotidiana. Podríamos nombrar expresiones como "cultura patriarcal", "derechos sexuales y reproductivos", "IVE o interrupción voluntaria del embarazo", "economía del cuidado", "sororidad", "género" y "brechas de género", "feminicidio" (que reemplazó poco a poco esta terrible expresión de crimen pasional) "paridad política" y "LGBT" –sí, porque el QIA+ se ubica quizás más hacia el siglo XXI–.
Lo que me hace pensar que los combates de las feministas de los años 70, 80 y 90 no fueron en vano, pues hoy son conceptos ya generalizados en todo el país, incluso por los sociólogos y filósofos de mi generación que nos miraban como si hubiéramos perdido la razón cuando tratábamos de debatir con ellos, sobre todo cuando hablábamos del lenguaje incluyente, que les parecía absolutamente insoportable.
Sé que es necesario que el lenguaje fluya y alimente los debates.
Pero, como sabemos, el lenguaje está vivo y refleja un estado de los saberes que evoluciona rápidamente, experimentamos con teorías y conceptos en perpetuo movimiento y cada día nos confrontamos a un conjunto de innovaciones lingüísticas que reflejan los avances de un feminismo que ya se nombra en plural. Con el siglo XXI, es decir, a partir de los años 2000 y la cuarta ola, nombraré, eso sí, en desorden cronológico, varios términos y expresiones como "interseccionalidad", "MeToo", "todes", "género fluido", "maternidad subrogada", queer, "poliamor", "cisgénero", woke, "IA" (intersexual, asexual)... Voy hasta ahí, pero les cuento que ya estoy atrasada. Y hablo solo del vocabulario feminista siglo XXI porque me faltaría evocar todos los extraños dialectos que caracterizan el habla de los y las adolescentes de hoy, los dialectos de las redes sociales que multiplican términos insólitos, los dialectos de mi computador y de Microsoft, sin invocar aún este nuevo vocabulario de la IA (inteligencia artificial), con la que ya decidí dejar así.
Además, lo que me interpela es la velocidad con la cual aparecen, desaparecen o se enriquecen estos dialectos. Uno cree estar más o menos al día y muy pronto se da cuenta de que ya no entendió la mitad de la conferencia del o de la especialista del lenguaje woke. Y de repente, tengo ganas de volver a leer El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Un vocabulario límpido, un feminismo transparente que puede entender cualquier persona sin sentirse fuera de onda.
Pienso entonces en la corta serie llamada Adolescencia, que me evoca la suerte que tuve de haber criado hijos finalizando la década de los 60 y a principios de los 70 del siglo pasado. Nada de teléfonos celulares, solo una inteligencia viva y genuina, por cierto, nada artificial, y claro, dos o tres palabras de los adolescentes de la época, pero nada que trastornara la vida. Aprendí con ellos que alguien boleta no era el que llevaba las entradas al cine y que había amigos que eran un poco chandas para hacer la vaca para la birra. Mis lagunas de comprensión no fueron mucho más lejos. Hoy, incluso con el nuevo vocabulario feminista, debo confesar que me siento un poco perdida, pero sé que es necesario que el lenguaje fluya y alimente los debates y que no me puedo rendir.
* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad